A veces la vida te da una patada en la boca rompiéndote los dientes...
Y es en ese momento cuando te das de bruces contra el suelo, que deja de importarte todo. Quieres desaparecer pero no ocurre. Jamás ha ocurrido y no va a ser ahora la excepción. Si quieres morirte no te mueres a menos que lo hagas tú, claro, y no es demasiado ético, por no decir nada... Descarto esa opción ¿es que hay más opciones? dejo caer esta pregunta que nadie responderá. No se puede salir de un pozo negro y profundo en el que hemos permanecido tanto tiempo sin recibir dolor en los ojos. Y a mí me duele todo el cuerpo de la caída, una caída de la que nunca me repongo. Sólo tengo ganas de decir tacos para que salga tanta bilis. Me falta el aire... Me ahogo. Este es mi último grito pidiendo ayuda, ayuda a la nada.
Como alguien dijo una vez, no recuerdo su nombre, el corazón es caso aparte.
La noche se abre ante mí desierta. No tengo más preguntas,
más dudas: lo sé. Sé lo que tenía que saber y el dolor rompe por todas partes.
Demasiado dolor. El teclado del ordenador suena fuerte mientras escribo estas
líneas. Las teclas me hacen sangre… Cuando el dolor es demasiado y las palabras
demasiadas no salen y callo con los ojos abiertos de pánico, a la espera de
algo que jamás llega, porque ni yo misma sé qué es lo que espero… Todo es
demasiado para mí: demasiado dolor, demasiadas palabras en mi cabeza y de ella
no salen… Porque están enredadas en sentimientos demasiado fuertes.